viernes, 27 de abril de 2012

Fondo del placard

Una sandalia rota, una bufanda a cuadros y restos inquietantes de lo que alguna vez fuera un todo. No hay caso: Irene ya buscó detrás de cada puerta y no encuentra sus pies. Es extraño pero ya no se alarma, aunque de a ratos se pregunta qué hacer con tantas medias (y llora a carcajadas -por supuesto- mientras los disantros la miran absortos levantando una sola ceja sin atreverse a largar otra consigna). Sólo nos queda el tiempo, qué absurdo -miente Irene- acomodándose las aletas mientras se termina el té.

domingo, 15 de abril de 2012

Este naufragio se autodestruirá



Otra vez sobremuriente
el domingo tironea
y baja
y se repite

(Yo creo que todos estamos enamorados de vos, sobre todo en el momento en que estás preparándote para reir. Vos tenes una cajita con un sol adentro y todos queremos estar cerca de tus hombros espiandote las manos cuando hablan. Es raro, pero yo soy buena cuando te miro)

Si tuviera algo que callarte
y si no te ofendieras
me sentaría a ver pasar
el milenio
en un rincón de vos

(Cuando te miro sé algo y tengo fundamentos. Porque después, desde ese círculo hasta el fin de la nada, yo no sé bien lo que digo o lo que pienso.. Y no me importa, si lo que quiero es atajar todas tus palabras y llevármelas en el bolsillo para sembrarme algo, una planta de vos en el estómago que me haga cosquillas con el viento)


Otra vez sobredurmiente
debo haberte soñado
unas palabras

Debo haberte escrito
una poesía
en blanco

una poesía
más triste que nosotros
una de esas
de contarle los dedos
al olvido

debo haberte contado
también
una escalera

unos versos con tango
y vereda angosta
y quién sabe

Debo haberte escrito
algo
una promesa

una tormenta eléctrica
un trueno
un maremoto

unas palabras
que eran
un naufragio

(Y aunque te suene raro, yo no quiero otra cosa más que convertirme en algo que quepa entre tus brazos)

viernes, 6 de abril de 2012

Gris

Irene no aprendió a disimular; desde la cerradura mira una vez más y vuelve a tumbarse al sol ficticio de la sala de espera más desesperada del otoño. Esto no es el silencio -piensa-, esto no es siquiera una respuesta, ni un pedido de auxilio, ni una palabra de aliento. Esto no es nada -se repite, retorciéndose en cámara lenta en un rincón. Mientras intenta acomodar las manos, Irene piensa en su jardín octabulario y desata un bostezo gris oscuro. Entonces, la sala se cubre de niebla y los impacientes se pisan los talones, se duelen, se nostalgian. No hay nada que hacer dice, arroja y casi susurra el cirujano negándose rotundamente a extirpar la nube negra que desde hace un tiempo habita el estómago de Irene. No hay nada que hacer, esto no es el silencio, esto no es nada, ella lo sabe y lo repite mientras camina lento hacia la calle de siempre, donde esperan los disantros. A la tristeza hay que llevarla bien puesta, piensa Irene, mientras bosteza la enésima nube gris al alejarse.