jueves, 2 de junio de 2011

Editorial

Dos horas tratando de recordar una buena idea que -seguramente- no era tan buena después de todo. Qué más da, si al final escribo para nadie. No tengo amigos bloggers (bueno, debo haber tenido uno al que probablemente cansé con mi estilo plagioso y mis redundancias). Mis amigos son más bien comunes: esos con dos pies, dos manos y una cuerda. Mis amigos andan errando por este mundito loco, igual que yo. Ah, si...pero ya nadie me lee (ni siquiera yo). Soy muy mala publicista de mí, soy más bien mala escritora de mí y también soy mala recordando ideas que -seguramente- ni siquiera son tan buenas. A veces, de tanto de mirar el vaso medio lleno, me convenzo de que escribir para nadie tiene sus beneficios: podría redactar frases en los dialectos más oscuros, incluyendo esos horrores ortográficos que a veces me asaltan; podría emprender los dictados más obtusos de la historia o hasta podría decir la verdad y nada más que la verdad (aunque no lo juro). Podría crear un género literario al que llamaría...déjeme pensar, señor monitor (usted que tampoco me lee porque siempre está de espaldas)...lo llamaría "es lo que parece" (aunque para ser género está bastante largo y, bueno...a quién le importa). Quién sabe. Qué más da (¿de dónde habrá salido esa expresión y qué tendrá que ver?). Ves, estoy llena de paréntesis, las ideas me huyen cuando estoy así de cerca y ya nadie me lee (ni siquiera yo). Pienso que tal vez debería cambiar de idioma y por qué no de continente. Quién sabe. Dos horas reincidiendo en nada. Debería escribir unas palabras, unas instrucciones acerca de cómo fracasar en el intento. O debería bajar la persianita y dedicarme de lleno a perder malas ideas en las calles.