domingo, 13 de febrero de 2011

Las siete

Las siete. Y la almohada empapada como cada martes. Él se sacude y lucha entre las sábanas como tantas veces, pero esta vez los tentáculos que le envuelven el pescuezo se empeñan con tanta fuerza en el asunto que terminan en un nudo infinito en medio de la cama. Con un esfuerzo espasmódico y desesperado logra torcer la mirada para ver la hora, pero el reloj ha caído esta mañana entre las algas de lo que parece ser el fondo. El sonido lejano del teléfono le hace sospechar que es tarde, probablemente demasiado. Vuelve a sacudirse pero el nudo parece apretarse más y más con cada movimiento. Intenta entonces relajar sus piernas y estirarlas de a poco hasta alcanzar un borde. El teléfono vuelve a sonar, una voz de mujer cruje un idioma ininteligible en el contestador. Es tarde. Con dificultad ensaya un suspiro y desde la profundidad alcanza un respaldo con el pie derecho. Con paciencia inusitada busca la posición adecuada para enganchar la extremidad y comienza a tirar mientras que con sus manos agotadas retuerce el tentáculo violáceo que ha quedado a un costado de su oreja. Él tira. Tira y retuerce. Al cabo de lo que parecen haber sido unos cuantos minutos ha logrado acercar su boca al brazalete aquel y ahora lo muerde con una furia sobrehumana hasta cortarlo. El teléfono ha dejado de sonar. Es demasiado tarde. De nuevo a correr y a arrastrarse entre sábanas salitrosas y peces para meterse en el traje azul casi sin secarse. Un día más a correr hasta el ascensor, hasta la puerta de salida, hasta la calle, sin notar que un tentáculo ha quedado colgado de su nuca.

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