sábado, 4 de septiembre de 2010

aparente mente

Paso sin estilo entre la muchedumbre, paso de-cadente a la corrida y sigo -que me esperan, siempre esperan en casa, casa espera, quién lo duda- destejiendo los significantes de las partes del todo que no alcanza (pero casi). No tropiezo (pero casi) y las teorías van armando el mundo (esa bola gigante o diminuta, esa palabra redonda que se mueve). Paso y sigo. Tengo llaves, llavecitas, cajas de cambio, palabritas, un mechón de pelo incontrolable que apenas sacudo y tengo papeles también, tantos papeles que me explican explícita, implícita, aparente-mente. Voy por una calle numerada que atraviesa el invierno en puntas de pie, cuando es de noche. Voy por una calle ordinaria con orden y ordenanzas en una navecita que rueda como el mundo (esa bola gigante o diminuta, esa palabra). Voy. Voy rodando bola de palabras y llego a un cruce de curvas malheridas y desagües. Ahí estás vos, de prontísimo estás vos en la esquina donde explota el concepto en millones de naditas que te salpican los pies salados y escamosos. Vos me miras desde tu agujero negro con ojos que nada temen ya, ahora que la tierra se fue con su salpicadura miserable. Vos me miras esperando sin esperar, ahora que la nada extravagante no es concepto sino calle y vereda y nada que redunda (a quién puede importarle que redunde o verse o despilfarre). Vos me miras, ángel mugriento, angelito de un dios que tiró la toalla y se hundió en esos mares. Vos me miras, un segundo nomás, y yo te miro. Y malodio el mundo, esa palabra que te escupió de un cuerpo que no es carne. Vos me miras y yo respiro tu oxígeno oxidado y me pregunto y me pregunto y me pregunto en círculos, como una bola. Vos me miras y voy rodando en una gota de mundo hacia el abismo. Y esta ciudad que nunca acaba, te acaba con bronca en la vereda. Después, claro, después está la alarmita repugnante que suena y suena -y que te apures, apurate, que no llego (y nadie llega, mi amor, a ningún lado). Sigo a casa -a casa- esa palabrita que me espera, quién lo duda. Yo a casa. Y vos, frío. Y el mechón de pelo incontrolable y la calle con orden y ordenanzas. Vos frío, ángel del dios de todos los olvidos. Vos, ángel de una miga de pan que el mundo escupió con odio y desconsuelo. A vos, que podría llevarte, no te llevo a ningún lado, ahora que yo también soy un poco esa palabra vacía que no es cuerpo, ni carne, ni acertijo, ni recuerdo.

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