viernes, 11 de junio de 2010

Instrucción fallida

Usted debe concentrarse. Busque un rincón poco transitado de la casa y acomódese a fin de que ninguna tragedia venga a desatarse mientras cierra los ojos y busca la frase perfecta entre sus ideas más enmarañadas (todos sabemos ya que cualquier caos esconde un tesoro largamente insospechado). Piense. Piense con agilidad pero sin prisa, sepa que el reloj es una propiedad tan indestructible como momentáneamente olvidable: colóquelo en la base de la torre heteróclita de palabras inconclusas, échele encima todo lo que tenga a mano y súbale el volumen a algún hit pasado de moda con el claro objetivo de ocultar su mortífera cadencia (es recomendable que, dentro del repertorio, sean incluidas bandas sonoras cuyos ruidos resulten lo más semejantes posible a un desmoronamiento nuclear de latas de tomate, para ello resultarán adecuadas bandas tales como ACDC o Motley Crue). Siga pensando. Busque, por ejemplo, entre los animales comúnmente conocidos y escoja uno. Piense en “gato”. Gato estaría bastante bien dadas sus cualidades de suavidad y delicadeza motriz, aunque pronto descubrirá que la misma perfección en el cálculo de sus movimientos se esconde detrás del plan de dominación mundial que su mirada felina y sofisticada nos hacen sospechar. Será mejor entonces dejar de lado el gato y buscar un ser más…“noble”, podría decirse. Piense, por ejemplo, en “perro” que es el mejor amigo, aunque también el más desalineado (además de ser el único ser viviente capaz de destruir un par de zapatos nuevos en cuestión de segundos). Deje el perro entonces y tome por las riendas la cuestión de una buena vez, eligiendo la mejor entre todas las opciones: piense en “caballo”. Usted dirá “caballo”; confíe, repítaselo: “yo seré capaz de decir caballo”, ya que, junto a él, se estarán transmitiendo ideas atractivas en relación con sus socialmente consensuadas cualidades de belleza. Usted dirá “caballo”, y además de eso, será capaz también de probar su razonabilidad y cordura aplicándole un adjetivo racionalmente adecuado, como podría ser “caballo negro azabache” (en contraposición a lo que podrían ser frases tales como “caballo alado púrpura” o “caballo bípedo verde”, que automáticamente darían cuenta de la existencia de un funcionamiento altamente inadecuado de su prueba de realidad). Concéntrese. Usted será capaz también de colocarle a la frase –o al sujeto de su frase- un artículo y un predicado acordes con la ocasión y, de este modo, usted habrá obtenido una frase –si bien no absolutamente perfecta- bastante cercana a la perfección. Vamos, concéntrese en sus poderes sintácticos, cierre los ojos nuevamente y piense en “un caballo negro azabache galopa por las playas desiertas”. Confíe. Piense y confíe. Ármese de coraje y salga entonces con su frase al hombro a enfrentar el mundo que lo espera desafiante y con indescifrablemente oscuras intenciones. Salga, confíe, abra la boca y péguele al día con su frase perfecta. Vocifere, module sus labios con gracia, emita la cantidad justa de sonoridad y –no sin sorpresa- usted se escuchará decir un imprescindible “patos rosas que destruyen zapatos mientras traman un plan de dominio”. Ups. Bueno, quizás era de esperarse. Acaso debimos advertirle que las frases perfectas se autodestruyen de risa en medio del recorrido. No se desespere. Abra de par en par todas las ventanas y échele a la tarde las palabras a su justa medida, sin derivaciones ni fracasos. Vamos. Abra esa sufrida bocota de María de nadie y vomítele al mundo sin rodeos su catarata cursi, su ruina furiosa, su chiste malo, su mejor verdad: la más absurda. Córralo por la escalera y grítele a fin de que se entere que usted muere sin sus labios “como una noche oscura, sin estrellas”; dígale que desde que se ha ido “el mundo es una lágrima de dulces desencantos”. Cántele al oído el bolero más empalagoso de la historia. No se desespere, siempre habrá alguien al teléfono para reírse de usted más que usted mismo.

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