viernes, 4 de junio de 2010

Explosión

Ella nunca supo cómo llamar la atención. Bueno, más bien podría decirse que nunca pudo encontrar una forma convencional de hacerlo. Tal es así que hoy se ha mirado al espejo con sarcasmo y ha corrido burdamente, escaleras abajo, al grito de "explosión"! Por supuesto que nadie ha movido un centímetro de rutina ante el pequeño escándalo de sus cuerdas vocales prolijamente desalineadas; sólo la han mirado salir como se mira a un gato lamerse una pezuña. La han mirado salir y se han reído, quizás, con la mezquindad de la mañana igual, del mismo día, del mes que se repite en un año cualquiera -como casi todos. Ella ha salido a la calle y ha corrido burlándose de las vecinas y se ha zambullido en la piscina desierta de una casa exasperantemente inmóvil como tantas otras. Ahí, en el agua helada de septiembre se ha lavado las costumbres y ha contado sus extremidades con suplicante calma y sutil desespero. De la cuenta han resultado dos piernas estilizadas con sus respectivos pies; dos larguísimos brazos, dos pálidos, retrospectivos brazos como certidumbres y, claro, dos manos agudas y torpes empeñadas al mundo en una caricia que guarda con solemnidad y esmero en el ropero más desordenado de la casa. Ha pasado un largo rato mirando sus manos en el agua. Se ha preguntado por la puerta cerrada, por la alquimia del verano y por el cordón de la zapatilla que tantas veces desató con elegancia o con desgano. Se ha preguntado por la espalda y el jabón y los bolsos de ida y vuelta, y hasta se ha preguntado gravemente por las frases que, casi sin notarlo, se le han ido perdiendo entre los pliegues de sus dedos con cada explosión de sus hazañas. Ha buscado las palabras oportunas -que jamás, jamás encuentra- y sólo ha dado con algunas letras: ha encontrado una "p" que no ha sabido si era de piedad o pureza o pesadilla. Ha encontrado también una "f" de furia, fineza o fanatismo, y al cabo de unas cuántas horas ha encontrado una "t" y por fin ha sabido que era de "te estás poniendo absurda y amarilla", entonces se ha dejado naufragar en su maremoto de treguas y ha terminado en la plaza mirando a los niños jugar, con la secreta esperanza de hallar entre las carcajadas un atisbo de verdad para el enredo impecable de sus voces.

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