martes, 9 de marzo de 2010

Tratamiento del error (y más plagio)

Para darle al error un adecuado tratamiento es indispensable el acopio de unas sesenta o setenta toneladas de coraje (recolección que deberá realizarse durante los meses previos a la tarea). Como todo el mundo sabe, ante el error resultan absolutamente ineficaces los intentos de fuga o de aniquilamiento, así como también resulta inútil pretender indiferencia mirando el techo o el vecino que riega el césped bajo la lluvia. El error tampoco puede ser envuelto y enviado por encomienda a algún rincón absurdo de la tierra ya que su pesadez y sus desproporcionadas dimensiones le impiden la entrada en cajas de zapatos o de lavarropas. De esta manera, no quedará otro camino que el enfrentamiento cara a cara, verso a verso y mano a mano con él. La tarea deberá ser abordada del siguiente modo: en primer lugar deberemos colocarnos frente al error, utilizando para ello la mitad de la dosis de coraje previamente recolectado, es decir, alrededor de unas treinta o treinta y cinco toneladas. Una vez acomodado el cuerpo frente a él, deberá utilizarse la dosis restante para mirarlo fijamente a los ojos como si nada en él nos condujera al arrepentimiento o al fracaso. Podremos observar que, durante este proceso, el error oscilará entre la desconfianza y el desconcierto aunque en su corazón podrá deleitarse unos minutos con nuestro reflejo inseguro y espantado. Luego de mirarlo a los ojos por unos instantes, habrá que mirarse en él como en un espejo -teniendo en cuenta que es nuestra íntima pertenencia y que, como tal, es tan en nosotros como nosotros en él. Habrá que reconocerse en sus obesidades, habrá que adecuar la vista hasta verse a uno mismo en sus ropajes violetas, rugosos y estampados. Habrá que mirarse en el error sin avergonzarse o habrá que avergonzarse hasta que la vergüenza termine dándose por vencida ante el hastío de nuestra mirada. A continuación podrá notarse que, paulatinamente, los músculos tensos y acobardados de nuestro cuerpo comenzarán a sentir un relajamiento insospechado, aunque aún tenue. Deberemos luego concentrar toda la atención posible en realizar un recorrido minucioso por sus torpes dimensiones en busca de imperfecciones tales como grietas, ojeras de mal dormir, hilachas, acné juvenil, desafinaciones, frizz, uñas partidas y fallas en general (todo error las contiene y, por lo tanto, podemos asegurar que el error nunca es completamente desacertado y absurdo). Una vez resaltadas sus imperfecciones nos encontraremos en condiciones de burlar sus burlas a modo de revancha, acción que nos conducirá a un relajamiento casi completo. A continuación será necesaria una altísima cuota de destreza, ya que deberá ser nuestro cuerpo introducido en el error como en un traje, acto que nos llevará a una insospechada revelación: el error es mucho más pequeño que lo que creíamos y, por lo tanto, no cabremos en él salvo a fuerza de extrema habilidad, paciencia y adelgazamiento. Luego de introducidos en él, nos conduciremos hacia el espejo más cercano y nos observaremos a nosotros mismos a fin de notarnos estilizados, erróneos y -fundamentalmente- simpáticos, graciosos y entrañables cual payasos de circo (ejercicio que nos llevará, finalmente, a un estado de completa relajación). Para dar por finalizada la tarea, el error deberá ser portado por un período de entre cuatro y cinco días, lapso durante el cual comenzaremos a sentirnos casi a gusto junto a él o, por lo menos, no tan incómodos como antes. Una vez finalizada la epopeya, reuniremos los restos del error y los enterraremos en el jardín más cercano, de ser posible entre un rosal de rosas blancas y un sauce llorón, con la finalidad de hacer de él una ruina fructífera. Pasados unos meses o quizás unos cuantos años estaremos en condiciones de disfrutar de una cosecha tan entrañable como nostálgica y multicolor, que nos adornará el tercer estante de la biblioteca o el marco de un portarretrato azul.

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