viernes, 19 de febrero de 2010

Encomienda (y plagio)

Hacer con la culpa un paquete: buscar en el rincón menos transitado del ropero una caja de zapatos (que podrá cambiarse –en caso de ser necesario y de acuerdo con el tamaño de la culpa que ha de despacharse- por una de tv o de lavarropas). Tomar la culpa por sus tres o cuatro lados, taparle las bocas cuidadosamente (es aconsejable, para realizar esta última tarea, tener a mano un rollo de cinta de embalaje o un puñado de cinco o seis vecinos dispuestos a colaborar) y armarse de agilidad y paciencia con los fines prácticos de introducirla en el receptáculo previamente seleccionado; es necesario tener en cuenta que esta parte de la misión puede llevar un largo suspiro de dos o tres minutos, de varios días o quizás hasta de algunos meses, ya que -como es comúnmente sabido- la culpa está fabricada con los materiales más sutiles del mercado, hecho que la convierte en una posesión escurridiza y permanentemente tendiente a la fuga (por lo tanto, dada esa posibilidad de tardanza, deberán haberse cancelado con anterioridad los probables compromisos de los siguientes tres o cuatro meses). Una vez introducida la culpa dentro de la caja, se procederá al sellado de la misma, tarea que requerirá de elementos tales como cinta, hilo choricero, tesón, un cd de música electrónica, indiferencia, más indiferencia, más cinta y más hilo choricero. Con los fines de no resultar debilitado durante este proceso, deberá tenerse presente el hecho de que la culpa, durante sus desesperados intentos de escape, no dudará en utilizar sus más oscuros y retorcidos recursos agitando desde el interior del receptáculo frases inconclusas tales como “abandó…!!” o “ya vas a v…!!” o “maltratad…!!”, que no deberán ser escuchadas en ninguna circunstancia y bajo ningún punto de vista. Una vez finalizado el sellado de la caja, ésta deberá ser prolijamente envuelta en un discreto papel madera o, si se prefiere, en un estrafalario y colorido papel de regalo que deberá conservar un sector en blanco donde serán colocados los datos del destinatario. Con el fin de no levantar sospechas acerca del peligroso contenido del paquete, deberá tenerse especial cuidado en la elección del nombre del hipotético recipiente del bulto en cuestión, y a tal fin se supondrá la lejana existencia de un tal Carlos Pérez, de un Roberto González o de una Marta Rodríguez, en un territorio de difícil acceso como, por ejemplo, el rincón más alejado del Glaciar Perito Moreno o el árbol más escondido de la selva misionera. Luego de colocados los datos se emprenderá la marcha hacia la terminal de ómnibus, y al llegar a la misma se buscará la oficina adecuada desde la cual se despachará la encomienda. De más está decir que este último acto de desprendimiento deberá realizarse con una gran cuota de disimulo, pregonando las gesticulaciones de fastidio y mal humor que suelen ser comunes entre la gente a la hora de enfrentarse a las colas de las oficinas. Es importante que, a la hora del regreso al hogar, se dé inmediatamente por comenzado el embalaje del resto de las pertenencias, con el objeto de llevar a cabo una rápida mudanza de barrio o -en caso de ser posible- de planeta.

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