viernes, 5 de febrero de 2010

Backstage del conejo

La luna lámpara habitada azul, descreída de los mares lacrimógenos del tiempo, guarda espacios bulliciosos en donde los conejos cuentan -puntillosamente y sin rosario- los preparativos del desvelo. El conejo solo -el más solo de los cuatro- silba chimeneas que achican el sol y abre las ventanas para ver mejor el paisaje vinoblanco del desafortunado balcón de la suerte. El conejo conejea y también canta pero -esta vez- sin Elisa; va rodando con pereza y entre versos de Neruda y saramagos la canción ya está desnuda sin remedio. Entretanto tantos entres buscan cráteres sin prisa donde gestar el tacto incandescente que trafica piel de enero y besos a granel y lluvia. En la luna también hay dedos que acarician y de acariciar...renacen; hay parlantes amarillos donde suenan coros destronantes, no se puede mirar bien porque hay bosques cartesianos, y tampoco al escuchar se podrán oir rezar, simular o sonreír los esperantos. "Tendrás que volver después" susurra escondido aquel que tiembla destemplado desde el cráter más extraño y delirante del horizonte azul, sabiendo y recordando un grito al viento que no se entiende bien, pero que igual enamora. Y el conejo que esta solo sí que enamora...enamora de a mitades mientras toca la guitarra incrédulo y crepuscular, sonrojado y verde. Enamora tanto y tan a prisa que desde la tierra comienzan a asomarse las pupilas clandestinas de las musas. El conejo solo canta su canción de papeles amarillos verdes sonrojados, y en la canción navega oscilatoria gravitante un alga marchita desarropada y muda.

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