domingo, 28 de febrero de 2010

Desembarco

En el principio fueron sólo rumores, murmullos de boca en boca a los que pocos prestaron atención, cuentos entre vecinas con pañuelos que viajaban de la vereda a la calle, de la panadería al kiosco y de la escoba al balde. Cuentos, susurros huecos, tonteras de gente con tiempo en el bolsillo. El asunto es que una tarde cualquiera de un verano enrarecido desembarcó finalmente en el barrio “Los espejos” el crucero amarillo de la duda, y por fin el cuento devino certeza ante la azorada vista de los transeúntes de la costa. Lo trágico, lo tremendo fue que no se trataba de una duda pequeña, una de esas que titubean entre el chicle de menta o de frutilla, entre el helado de chocolate o de crema del cielo, entre el queso gruyere o el roquefort. No. La que arribaba a las calles era una duda inmensa y con mayúsculas, una duda a la que los filósofos del barrio no dudaron -o tal vez sí- en tildar de “existencial”, una duda cuya sombra no tardó en inundar absolutamente todos los intersticios de aquella comunidad. Así fue que aquel caluroso día de febrero la vida de los espejinos se convirtió en un completo caos. Una ola desinformativa los hundió en las más enceguecedora oscuridad: los diarios no llegaban a los domicilios ya que los repartidores no lograban decidir qué calles recorrer ni en qué orden. Los vecinos abandonaron el ritual del desayuno ante la repentina e inusual ausencia del pan de cada día (los panaderos pasaban larguísimas jornadas dudando entre los beneficios o los perjuicios de comenzar con la harina, con la sal o con la levadura). Los ladrones detuvieron sus actividades cotidianas en medio de las veredas ya que, enmudecidos y torpes, dudaban entre la casa de electrodomésticos y la joyería (escena ante la cual los agentes de turno no hacían más que formularse extrañas, dubitativas y absurdas preguntas). Los juzgados dejaron de publicar sus dictámenes: los jueces no lograban decidirse entre la inocencia y la culpabilidad de los reos –o la de ellos mismos- mientras los abogados dudaban entre la defensa y la acusación de sus propios clientes. También los juegos y los deportes resultaron conmovidos: los niños hacían interminables colas ante toboganes y trampolines desde los que nadie se atrevía a lanzarse; el fútbol –ese productor irreemplazable de pasiones y otras yerbas sociales- devino un desconcertante motivo de aburrimiento ya que los delanteros dudaban entre el ángulo izquierdo y el derecho o entre el pase largo y el corto (mientras el arquero –paralizado- temblaba ante la duda de arrojarse a un lado o al otro y el referí dudaba entre la tarjeta amarilla o la roja).

De esta manera todo el lugar fue, poco a poco, sumiéndose en la parálisis más embravecida, en el silencio más extravagante, en la nostalgia más acongojada. El tránsito devino un embotellamiento sin retorno; los caminantes se detuvieron en todas las esquinas; los discursos políticos se quedaron sin fundamentos; las pelotas de colores se detuvieron en el aire; las cabelleras y las barbas crecieron salvajemente; las flores cayeron a mitad del recorrido; los parientes y amigos dejaron de reconocerse. Todo, todo se detuvo irremediablemente.

Hay quienes aseguran que el barrio desapareció sin dejar rastros. Hay quienes aún lo buscan siguiendo borroneadas y dudosas rutas en mapas indescifrables. Hay quienes no conocen la trágica historia de “Los espejos”. Y hay quienes callan, miran alrededor y dudan, siguen dudando de los rumores, de los murmullos de boca en boca, de los cuentos incontables, de los rostros conocidos e inclusive…de esta historia.

domingo, 21 de febrero de 2010

Domingo

Dejar ir

Acompañarse en la tristeza

Abotonarse la camisa sin espanto

Abrir el diario y fugarse en cualquier nombre

Dejar ir sin dilaciones ni puntos de vista

Convencer a los labios y a los arte-factos

Darle de baja al servicio escandaloso

de las ganas

de los nombres propios

de los intersticios

Dejar ir

Que el mundo puede ser el rincón más absurdo de la tierra

Que la lluvia también limpia los espejos

Que nada sobrevive

Que quizás poco importe

Que es mejor dormirse sin plegarias

Dejar ir

Tragar el nudo que anuda la suerte

Deambular el vacío hasta encontrar un verso

Borrar con el codo cualquier laberinto

Amputarle al día las complicaciones

Dejar ir

Salirse de la ruta y buscar girasoles

Cambiarse los hábitos y los suplicios

Despertarse luego de una noche oscura

Y echar en el agua todo el desespero

Dejar ir…

Darle libertad a toda la "decencia"

Que aún es temprano

que también ya es tarde

Que sigo temblando

Pero sin urgencias

que el mundo está solo

solo

y de rodillas

Dejar ir

Abrir las ventanas como si lloviera

Respetar los duelos de la madrugada

depurar la memoria de los trabalenguas

reiniciar el juego y cargar la partida

que la tierra es amplia

y que quizá sea hora

vaya siendo hora

ya

de dejar ir.

viernes, 19 de febrero de 2010

Encomienda (y plagio)

Hacer con la culpa un paquete: buscar en el rincón menos transitado del ropero una caja de zapatos (que podrá cambiarse –en caso de ser necesario y de acuerdo con el tamaño de la culpa que ha de despacharse- por una de tv o de lavarropas). Tomar la culpa por sus tres o cuatro lados, taparle las bocas cuidadosamente (es aconsejable, para realizar esta última tarea, tener a mano un rollo de cinta de embalaje o un puñado de cinco o seis vecinos dispuestos a colaborar) y armarse de agilidad y paciencia con los fines prácticos de introducirla en el receptáculo previamente seleccionado; es necesario tener en cuenta que esta parte de la misión puede llevar un largo suspiro de dos o tres minutos, de varios días o quizás hasta de algunos meses, ya que -como es comúnmente sabido- la culpa está fabricada con los materiales más sutiles del mercado, hecho que la convierte en una posesión escurridiza y permanentemente tendiente a la fuga (por lo tanto, dada esa posibilidad de tardanza, deberán haberse cancelado con anterioridad los probables compromisos de los siguientes tres o cuatro meses). Una vez introducida la culpa dentro de la caja, se procederá al sellado de la misma, tarea que requerirá de elementos tales como cinta, hilo choricero, tesón, un cd de música electrónica, indiferencia, más indiferencia, más cinta y más hilo choricero. Con los fines de no resultar debilitado durante este proceso, deberá tenerse presente el hecho de que la culpa, durante sus desesperados intentos de escape, no dudará en utilizar sus más oscuros y retorcidos recursos agitando desde el interior del receptáculo frases inconclusas tales como “abandó…!!” o “ya vas a v…!!” o “maltratad…!!”, que no deberán ser escuchadas en ninguna circunstancia y bajo ningún punto de vista. Una vez finalizado el sellado de la caja, ésta deberá ser prolijamente envuelta en un discreto papel madera o, si se prefiere, en un estrafalario y colorido papel de regalo que deberá conservar un sector en blanco donde serán colocados los datos del destinatario. Con el fin de no levantar sospechas acerca del peligroso contenido del paquete, deberá tenerse especial cuidado en la elección del nombre del hipotético recipiente del bulto en cuestión, y a tal fin se supondrá la lejana existencia de un tal Carlos Pérez, de un Roberto González o de una Marta Rodríguez, en un territorio de difícil acceso como, por ejemplo, el rincón más alejado del Glaciar Perito Moreno o el árbol más escondido de la selva misionera. Luego de colocados los datos se emprenderá la marcha hacia la terminal de ómnibus, y al llegar a la misma se buscará la oficina adecuada desde la cual se despachará la encomienda. De más está decir que este último acto de desprendimiento deberá realizarse con una gran cuota de disimulo, pregonando las gesticulaciones de fastidio y mal humor que suelen ser comunes entre la gente a la hora de enfrentarse a las colas de las oficinas. Es importante que, a la hora del regreso al hogar, se dé inmediatamente por comenzado el embalaje del resto de las pertenencias, con el objeto de llevar a cabo una rápida mudanza de barrio o -en caso de ser posible- de planeta.

martes, 16 de febrero de 2010

Jardines del mundo

Tu tarde es un monosílabo azul
de papel picado
de miga de pan
de incertidumbre
y sin embargo
los jardines del mundo
todos
caben en una pestaña de tus ojos

jueves, 11 de febrero de 2010

Un millón trescientas seis

Tengo un millón trescientas seis (y parecen bastantes)
Tengo un millón trescientas seis metáforas (que podrían ser suficientes)
Tengo un millón trescientas seis metáforas que combino (y aunque son unas cuántas...)
Tengo un millón trescientas seis metáforas que combino en trenes desescritos, graciosos, tristes, climáticos, despellejados, tuertos, amordazados, azules, gritones, dormidos, acariciantes, orgásmicos, sutiles, burdos, rengos, escurridizos, torpes, aburridos, oscuros, verdes, sobreestimados, inocentes, malhumorados, bailadores, desnudos, bienqueridos, malodiados, ambiguos, ambivalentes, subterráneos, subalternos, ociosos, desesperados (y sin embargo no me alcanzan...)
Tengo un millón trescientas seis metáforas que combino en trenes desescritosgraciosostristesclimáticosdespellejadostuertosamordazadosazulesgritonesdormidosacariciantesorgásmicosutilesburdosrengosescurridizostorpesaburridososcurosverdesobreestimadosinocentesmalhumoradosbailadoresdesnudosbienqueridosmalodiadosambiguosambivalentesubterráneosubalternosociososdesesperados...(ufff) cuando necesito que no encuentres ni un sólo rastro de mí entre mis palabras (y parecen bastantes, podrían ser suficientes...porque son unas cuántas y sin embargo no me alcanzan...pero igual te escribo)

sábado, 6 de febrero de 2010

No tan azaroso

Ay vudú blanquisonante
...si ese nombre es mío
porque vos lo acomodaste prolijito
negro
con imprenta mayúscula
con dolor
con furia
con olor a marzo y a pileta
en un papel de seis o siete
que hoy está ajado en un sobre largo y tartamudo
donde también guardo tickets
y piedritas de colores
que se descuelgan de mis aros grises
cada vez que me desnudo
de ropa
y de rutina.
El nombre es mío
el mar es mío
el viaje es mío
pero el bosque es tuyo
y la arena es de nadie.
Vos acomodaste mi nombre despojado
por debajo de la puerta
mientras yo me iba llorando a carcajadas
en un manicomio ambulante
que estaba sucio y frío
(y algo incómodo también)
para tanta lujuria boquiabierta
para tanta calma repentina.
Vudú de vudúes
yo tengo un nombre no tan azaroso
de abril o de marzo
en el bolsillo del saco más sacado del ropero
y ese nombre es mío
porque vos lo acomodaste en comodato
por debajo de la puerta
mientras yo dormía.

viernes, 5 de febrero de 2010

Backstage del conejo

La luna lámpara habitada azul, descreída de los mares lacrimógenos del tiempo, guarda espacios bulliciosos en donde los conejos cuentan -puntillosamente y sin rosario- los preparativos del desvelo. El conejo solo -el más solo de los cuatro- silba chimeneas que achican el sol y abre las ventanas para ver mejor el paisaje vinoblanco del desafortunado balcón de la suerte. El conejo conejea y también canta pero -esta vez- sin Elisa; va rodando con pereza y entre versos de Neruda y saramagos la canción ya está desnuda sin remedio. Entretanto tantos entres buscan cráteres sin prisa donde gestar el tacto incandescente que trafica piel de enero y besos a granel y lluvia. En la luna también hay dedos que acarician y de acariciar...renacen; hay parlantes amarillos donde suenan coros destronantes, no se puede mirar bien porque hay bosques cartesianos, y tampoco al escuchar se podrán oir rezar, simular o sonreír los esperantos. "Tendrás que volver después" susurra escondido aquel que tiembla destemplado desde el cráter más extraño y delirante del horizonte azul, sabiendo y recordando un grito al viento que no se entiende bien, pero que igual enamora. Y el conejo que esta solo sí que enamora...enamora de a mitades mientras toca la guitarra incrédulo y crepuscular, sonrojado y verde. Enamora tanto y tan a prisa que desde la tierra comienzan a asomarse las pupilas clandestinas de las musas. El conejo solo canta su canción de papeles amarillos verdes sonrojados, y en la canción navega oscilatoria gravitante un alga marchita desarropada y muda.

jueves, 4 de febrero de 2010

Pegada a tu suela

La voz que viaja entre las ramas
te trae una canción
desconocida o sepultada.
No sabremos
no sabrás
si es una canción
o es una clave
pero da igual por donde vayas
está detrás de tu andanza
y va pegada a tu suela
como el polvo.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Luz de agosto

En un abrir y en un cerrar de ojos ventanales se encuentra con el claustro oscuro del olvido, el lugar está a la luz del sol del día exacto pero nada, nada lo conmueve y todo queda sumido en el anonadado titubeo del silencio. Luz de agosto rueda entre la arena y la arena se disipa tan estrepitosa que no habrá lugar -así como no hubo promesas- para redactar las huellas de los laberintos. Por las calles pasan sindicatos del amor amordazado arrepentido arcaico amontonando esquirlas junto a los portales, dividiendo aguas que alcanzan fronteras como si la lluvia fuera a despejar los restos y los rastros, los rostros y los crucifijos. Luz de agosto vuelve la mirada y busca con los ojos una melodía y busca con orejas un paisaje oculto...pero lo que busca se fue con el agua y Luz de agosto rueda itineraria y torpe contra las penas del mar que no van, que no regresan, que no recuerdan el río. Luz de agosto redacta pensamientos que moran y demoran, que pueblan y despueblan mientras el lugar aquel conmueve -de tan exacto- al breve, brevísimo titubeo anonadado, misterioso y palpitante del silencio.