lunes, 18 de enero de 2010

Cuatro conejos en la luna


Los conejos son cuatro blanquísimos ocupantes de la luna luciérnaga chispeante. Es posible verlos a buen ojo y en noches de astros circulares acodados a su mesa, prestos a célebres partidas graves de póker lunático y campeonatos de humo. Los conejos conejean y cantan afinadas corduras de verano en el balcón, aunque pueden pasar estacionales jornadas de anárquicos coreos siendo capaces entonces de deslizar en la oscuridad (entre gatos de metal y Frank Sinatras) para susurrarle a Elisa en el oído que ya no importa lo que pueda decir. Los conejos tienen su décimo tercer algo -que no se sabe bien qué es- y tienen también una guitarra filántropa y desnuda que miente verdades a los quince vientos. Hay -por supuesto, no pueden faltar- días oscuros de tonelescos crucifijos, pozos de ceguera y agonía al sol, pero de eso no se habla, mejor será la noche de la sierra y la ronda astral que no disturbia o que disturbia sí, aunque sin reverenciar la muerte. Las noches de conejos en la luna vienen con escaleras sin escala hasta el más acá de la tristeza, se puede subir de pie o de rodillas pero se baja rodando a estrepitosas carreras contra la pared. No está mal, no es necesario acallar ningún demonio porque ellos son del mismo equipo extravagante, pertenecen todos al mismo delirium tremens del viaje en el último vagón. No está mal. Los cuatro giran en rondas rumiantes ruinosas arruinadas ruidosas sin rubor ni ruta, sin olvido y sin culpa. Los conejos giran y se llevan tomados del pelo a los vecinos de aquel barrio en llamas, giran de tanto póker, de tanto cantar vudúes y bronca, giran y subidos dos estamos a esa trenza de luz sin rumbo fijo.

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